Thursday, February 24, 2005

TEMARIO PARA LA MATERIA TEORÍA SOCIAL II

OBJETIVO GENERAL El alumno será capaz de revisar las nuevas perspectivas que propongan (sic) para explicar los fenómenos de producción de la sociedad humana:

CONTENIDOS MÍNIMOS /NÚMERO DE HORAS

1. La Teoría Crítica de la sociedad. 9 hrs.
2. Análisis sistémico-cibernético del cambio 9 hrs.
3 Teoría de la acción de Jürgen Habermas. 9 horas
4. Enfoques sociológicos cuantitativos. 9 hrs.
5. Revitalización de corrientes: Neo Positivismo y Neo Estructuralismo. 10 hrs.
6. Enfoques fenomenológicos. 10 hrs.

BIBLIOGRAFÍA

Básica

BOURDIEU, Pierre, Sociología y cultura. México, Grijalbo-Conaculta,1990
BOURDIEU, Pierre, El oficio del sociólogo. Barcelona, Editorial Lara, 1970
BOURDIEU, Pierre, Respuestas por una antropología reflexiva. México, 1995
GIDDENS, Anthony, et al. La teoría social hoy. México, Ed. CONACULTA-Alianza, 1990
GUTIÉRREZ, S. Hacia una metodología de la reconstrucción. México, Porrúa, 1988

Complementaria

ADORNO T. W. y HORKHEIMER M. Didáctica de Iluminismo. México, Ed. Sudamericana, 1983
ADORNO T. W. Dialéctica negativa. Madrid, Ed. Taurus, 1986
APEL, K-O. Teoría de la verdad y ética del discurso. España, Ed. Paidos Ibérica, 1991
BARRETO, Luz Marina. El lenguaje de la modernidad, Venezuela, Monte Ávila, 1994
GALINDO, Jesús. Cultura mexicana en los ochentas, México, Universidad de Colima, 1991
HABERMAS, Jürgen, Teoría de la acción comunicativa, Buenos Aires, Taurus, 1990
LUGAN, Jean Claude. Elementos para el análisis de los sistemas sociales. México, FCE, 1990
LUHMAN, Niklas. Teoría de los sistemas sociales, México, Ed. Alianza-UIA,1992
WALLERSTEIN, Innamelle. Abrir las ciencias sociales, México, Ed. Siglo XXI, 1996

Las transformaciones según Touraine

Nota biográfica

Alain Touraine es Director de Estudios en el École des Hautes Études en Sciences Sociales, 54 boulevard Raspail, 75005 París, y fundador del Centre d'Analyse et d'Intervention Sociologique. Ha publicado numerosos libros y artículos sobre teoría sociológica, sociología del trabajo y sobre los movimientos sociales en América Latina. Su publicación más reciente es Pourrons-nous vivre ensemble? Egaux et Différents (¿Podemos vivir juntos? Iguales y diferentes) (1997). Ha colaborado como consultor de UNESCO en el desarrollo de programas sobre los procesos de democratización.
Las transformaciones sociales del siglo XX

Alain Touraine*

Tengo plena conciencia de la gran responsabilidad que he asumido al plantear aquí ante ustedes algunas consideraciones sobre las tendencias dominantes en nuestras sociedades. Lo hago con la esperanza de que el conocimiento y análisis de dichas tendencias abonarán el terreno para algún tipo de intervención en este proceso.Estoy de acuerdo con aquella antigua definición que trata a las ciencias sociales como "ciencias de las políticas" ("policy sciences"). Debemos reconocer, no obstante, y éste será mi punto de partida, que la situación en que vivimos ya no es comparable a aquella otra, que tanto ha perdurado y en la que los factores económicos daban origen a conflictos sociales y luego a mecanismos para su institucionalización y tratamiento legal o contractual. Este modelo, generalmente denominado modelo democrático social, ya no corresponde a la realidad, incluso para las numerosas personas que lo apoyan y que consideran que, de una u otra manera, se deberá revitalizar. Sin embargo, para comenzar a entender ciertas tendencias predominantes, creo que antes debemos identificar la situación de la que hablamos y ver cómo podemos definirla.Lo expondré de forma esquemática. Imaginemos que nuestro encuentro se produce en 1894. ¿Cuál era la situación reinante hacia finales del siglo XIX? El poder era de naturaleza económica y estaba centrado en la City de Londres. Contra ese poder fundamentalmente económico, las fuerzas del cambio y los movimientos eran políticos e ideológicos (movimientos de clase, movimientos de liberación nacional y un incipiente movimiento feminista). También existían movimientos que desafiaban la dominación capitalista desde un enfoque intelectual o cultural. Ahora, la situación se ha invertido, porque esas protestas o movimientos revolucionarios, por lo general, vivieron su auge a comienzos del siglo XX. En casi todas partes, el poder del dinero ha sido reemplazado por el poder del Estado. Estos Estados, que podríamos definir como voluntaristas o de movilización, adoptaron una amplia variedad de formas, desde lo mejor hasta lo peor. En Europa y otros países hemos vivido un periodo de gobiernos socialdemócratas, que adoptaron sus formas más elaboradas en los países escandinavos. Unos años más tarde, se instauró el amplio dominio de los regímenes comunistas. En otros lugares surgió el poder de los Estados nacionalistas anticolonialistas o poscoloniales, mientras que en América Latina y en otras regiones del mundo nacieron regímenes 'nacionalistas-populistas'. A estas categorías debemos sumar otras dos muy diferentes, de hecho opuestas, que han desempeñado un papel igualmente importante. Una de ellas son los Estados autoritarios tradicionalistas que prevalecieron en el Mediterráneo europeo, especialmente en España, Portugal y Grecia durante un periodo relativamente largo, y en Francia durante algunos años; la otra son los Estados fascistas o los imperialistas al estilo japonés, que dominaron la historia mundial tan dramáticamente en los años 30 y 40 de este siglo.En la actualidad, concretamente desde los años 60 ó 70, nos encontramos en una fase caracterizada principalmente por el declive de estos Estados voluntaristas y movilizadores. Hace un siglo, se desafiaba al poder capitalista, y los actores políticos y sociales conocían un movimiento de auge, mientras que hoy sucede todo lo contrario. De esto se desprende que, en primer lugar (y esto regirá una buena parte de nuestros análisis) debemos reconocer que mientras hace un siglo el escenario histórico estaba tomado por actores políticos, ideológicos e intelectuales, en la actualidad éstos comienzan a escasear. Las fuerzas de transformación, considerando el declive de los Estados de movilización y voluntaristas, son hoy esencialmente de carácter económico. Por ello, de una forma u otra, dominan en todo el mundo las políticas de ajuste de corte liberal ortodoxo. Los regímenes socialdemócratas que aún se mantienen en el poder han tenido éxito porque han adoptado las políticas liberales. Es lo que ha sucedido en Australia, España y también en Francia. Incluso en los países antiguamente llamados comunistas, constatamos las formas más extremas de las políticas liberales ultra ortodoxas. Pienso en China, Viet Nam y Cuba, que también intentan atraer capitales extranjeros.Otros países no han llevado el capitalismo a estos extremos, pero en todas partes, desde Europa del Este hasta América Latina, reconocemos esta gran inversión de las tendencias históricas. La forma que adopta es a veces moderada y otras extrema, pero ahora estamos siendo testigos del ocaso del Estado de movilización. Debo agregar de inmediato que esto, desde luego, no significa que ahora el mundo está unido y que ha adscrito a un modelo único que señala el fin de la Historia, un modelo basado en una combinación de economía de mercado, democracia liberal, tolerancia cultural y secularización. Esta fue la visión de la situación mundial que sostuvieron algunos observadores durante sólo un par de años. Dos ideas resumen la situación actual. La primera, que en mi opinión es fundamental, es que este auge del liberalismo que ha logrado acabar con el Estado de movilización, no prefigura la construcción de un modelo alternativo de sociedad. Se trata más bien de una fase de barrido y eliminación. Es decir, no es un modelo, porque el liberalismo no tiene un modelo de sociedad. Todos los controles que el mundo de la política ejercía sobre la economía están siendo eliminados, ya sea por razones políticas o ideológicas, o como respuesta a los intereses de influyentes grupos de presión y de nomenclaturas. Esto tiene una importancia fundamental, e incluso me atrevería a decir que parece casi imposible, a la luz de la experiencia actual, no pasar por este proceso de dimensión mundial. Los pocos países que han intentado sustraerse a este proceso son los que hoy en día conocen más dificultades. El coste social de este rechazo o retraso es abrumador. Por lo tanto, aunque nos opongamos a esta forma de desarrollo y aunque deseemos algo diferente, el fenómeno existe. Ya no tiene sentido pensar en la conveniencia de dar el salto hacia el liberalismo, puesto que casi todos los países ya lo han dado.Ahora se trata de cómo reconstruir el control social sobre la actividad económica. La primera observación que formularía antes de abordar esta cuestión, es que actualmente asistimos a una especie de proletarización a nivel global. Me refiero a la destrucción o 'deconstrucción' de los controles políticos, ideológicos y legales, con el resultado de que el mundo en su totalidad se está dividiendo en dos, o se está convirtiendo en un fenómeno 'dual', como lo expresarían algunos latinoamericanos. En cada uno de los individuos, en cada ciudad y país, en un nivel global, vemos cada vez más claramente una diferenciación entre las actividades que forman parte del sistema de intercambio mundial y las actividades marginadas, excluidas o "informales", cualquiera sea el término adoptado. En cada uno de nosotros hay una parte que se entrega al juego de la razón instrumental y la tecnología, y otra parte que ha sido marginada, o encerrada junto a todo aquello que es reprimido por este mundo de racionalidad instrumental, es decir, junto a las raíces culturales, la identidad personal, la sexualidad y la fantasía.Por lo tanto, nos parece (y es importante reconocer esto desde el comienzo) que nos encontramos en un mundo al borde de la guerra civil mundial. Ya no se trata de una guerra entre los Dos Grandes, ni de dos bandos en pugna, sino de una guerra civil. Esto quiere decir que el sistema mundial se encuentra dividido y se está volviendo contra sí mismo. Sobre la base de este resumen de la situación histórica, cuya brevedad, espero, el lector perdonará, quisiera destacar las principales tendencias de los cambios que actualmente experimentamos. Esto que acabo de afirmar me conduce a identificar tres aspectos principales, o tres grandes líneas de reflexión.En primer lugar, la dimensión mundial del fenómeno ha originado, como he mencionado al principio, la rápida destrucción de los sistemas de control de la actividad económica (los sistemas políticos, sociales, legales y culturales). Para decirlo sin ambages, están desapareciendo instituciones de todo tipo. Esto nos lleva al segundo aspecto. Debido a la desaparición de estos sistemas de control, vemos cómo triunfa, en sus formas más diversas y contradictorias, lo que no podemos definir sino como individualismo. La idea de los ciudadanos como individuos identificados independientemente de los grupos sociales y culturales tradicionales a los que pertenecían, era un rasgo de los estratos medios y altos en algunos países, incluidos por la filosofía de la ilustración. Ahora los ciudadanos se han transformado en consumidores, y ésta es una realidad que cabe reconocer a nivel global. En lo que se refiere al tercer aspecto, las fisuras y fracturas que acabo de mencionar aparecen y se extienden en un mundo sin instituciones, un mundo cuya perspectiva es a la vez global e individual.Como podemos observar, las tres líneas de reflexión que acabo de describir tienen un aspecto fundamental en común. Tiene que ver con cambios culturales, no con cambios sociales, y creo que ésta es la principal diferencia entre finales del siglo XIX y finales del siglo XX: En las postrimerías del siglo XIX, los actores, desafíos, problemas y soluciones eran sociales. El contexto estaba definido por el trabajo, la producción y las relaciones de producción, las clases sociales, los derechos sociales, el derecho al trabajo, etc. En la actualidad, diría que los problemas que observamos tienen que ver con los fines de la actividad colectiva y no con los medios y que, por lo tanto, generan problemas relacionados con la cultura y la personalidad. Esto está vinculado al hecho básico de que durante el siglo pasado nuestros esfuerzos para transformar el mundo repercutían fundamentalmente en la naturaleza, mientras que los nuevos poderes de transformación repercuten fundamentalmente sobre los seres humanos, con el resultado de que si bien antes éramos dueños y amos de la naturaleza, como decía Descartes, ahora actuamos sobre la realidad de la cultura, la personalidad y el individuo, los cuerpos y las mentes de los seres humanos. Nuestros esfuerzos incluyen no sólo en las técnicas y los instrumentos, sino también en los valores y las normas.Quisiera volver a referirme a los tres aspectos que acabo de definir y que me parecen los más importantes. El primero de ellos es el debilitamiento del control social y político. Hemos llegado al final del camino en cuyo comienzo las sociedades se organizaban como mecanismos de reproducción social o de control social. Actualmente vivimos en sociedades de producción o transformación, sociedades en permanente cambio que jamás alcanzan un equilibrio en el plano del orden social. Esto produce un aumento espectacular de un fenómeno denominado anomia, definido a finales del siglo XIX por uno de los padres fundadores de la sociología, y entendido como una descomposición de los sistemas normativos y un sentimiento de pérdida de raíces en los individuos que ya no se someten internamente a esas normas. Nos encontramos en un mundo de movilidad, de migraciones y cambiantes modelos de consumo. El poder de los mercados despierta reacciones defensivas que pueden ser evaluadas, y de hecho deben serlo, de maneras muy diferentes. Estas reacciones distan mucho de ser uniformes, pero provocan una oscilación vacilante y permanente entre los atractivos del progreso y los atractivos de la tradición. Para plantearlo de forma más explícita, en esta región del mundo donde nos encontramos ahora, en Holanda, el Reino Unido, Francia y, agregaría, Estados Unidos, es decir en los países que inventaron las formas modernas de la democracia, hemos creado un equilibrio notable, y probablemente excepcional, entre tradición y progreso, entre lo local y lo global, o en todo caso lo universal, que ha durado un tiempo razonablemente largo. Cada uno de los grandes países europeos se constituyó como tal a partir de países más pequeños, o de las sociedades locales. Estos países eran multiculturales, multiétnicos, y heterogéneos. Sería necesario recordar, para pensar en un ejemplo extremo, que cuando Italia fue unificada sólo el 2,5% de su población hablaba italiano. O que en la época de la Revolución Francesa más de la mitad de la población no hablaba francés. En países nuevos como Estados Unidos jamás se ha conocido una situación de este tipo. Debería agregar que entre una comarca de Alemania y otra, o las diferencias entre una región y otra de Inglaterra, Francia, Italia o España eran tan grandes que la comunicación era escasa y dificultosa. Sin embargo, de este periodo data la formación de las monarquías absolutas a nivel nacional o a otros niveles, la creación de la burocracia, el Estado moderno, la educación, la racionalización al estilo moderno de las ideas e instituciones, así como la generalización de los principales modelos Bildung, que tomaron el relevo de las grandes líneas del concepto griego de paideia mezcla de tradiciones populares e ilustración, de identidades colectivas y referencias a la razón y la democracia.Este equilibrio político entre progreso y tradición, entre ser y hacer, entre atributos y logros, se ha modificado. Nos encontramos en una sociedad de logros, aunque también asistimos a un retorno a los atributos, a la pertenencia en términos de la identidad nacional, étnica, religiosa, local, sexual y familiar. De modo que podríamos decir que existe una disociación entre cuerpo y mente, entre memoria y juicio. Aquello que solíamos llamar modernidad, humanismo o democracia se caracterizaba, insisto, por la integración y, desde luego, no por la agresiva victoria de un elemento sobre otro, como se ha afirmado. Hoy en día, se ensancha la brecha entre quienes viven en un mundo de cambio y de mercados, y quienes viven en una identidad restablecida violentamente, de una cultura individual o colectiva.Esto nos lleva al segundo aspecto. He hablado de individualismo, y debería definirlo en términos similares a los que acabo de usar. En términos culturales, el mundo actual vio la luz cuando descubrimos que el individuo y la sociedad no se correspondían. Como bien sabemos, dos pensadores destacan en este plano de ideas: Nietzsche y Freud. Fueron ellos quienes nos dijeron que el individuo no era, a diferencia de lo que postulaba el periodo clásico, un ser en el que las pasiones estaban sometidas a la razón, un ser que se comportaba, por así decir, de la misma manera que Dios cuando creó el mundo. Al contrario, el drama de la existencia humana estaba anclado en el conflicto entre el Es y el Überich, entre el id y el superego. Utilizo el término 'id', que fue formulado por Nietzsche y después tomado en préstamo por Freud. El mundo de Eros, de la libido, y el mundo de la organización racional, así como el principio del placer y el principio de realidad, están regidos por un antagonismo, y la existencia humana, tanto en su vertiente individual como colectiva, es el tratamiento ineluctablemente defectuoso de este antagonismo. Estamos lejos de la idea griega o clásica del individuo, según la cual la sociedad, el individuo y el mundo se encontraban en armonía como manifestaciones diferentes de la razón.El resultado es que asistimos al nacimiento de lo que Benjamin Constant, en 1819, definió como democracia de los Modernos, por oposición a una democracia de los Antiguos, de los griegos o romanos, o incluso la de la Revolución Francesa, una democracia fundada en la conciencia cívica de los ciudadanos. Ninguno de nosotros definiría actualmente la democracia como el gobierno de los ciudadanos. Todos definiríamos la democracia, de una u otra manera, como el respeto del Estado por los derechos humanos. Esto quiere decir que, con el tiempo, la larga polémica entre lo que llamamos libertad positiva y libertad negativa, diría que se ha saldado a favor de la escuela inglesa de pensamiento, la de Berlen o Popper. En otras palabras, queremos, por encima de cualquier cosa, vivir en un régimen en el que nadie pueda alcanzar el poder o permanecer en el poder contra la voluntad de la mayoría. Esto es, literalmente, lo que la escuela inglesa de pensamiento denomina libertad negativa, la libertad que no permite la existencia de la anti-libertad, que impide que un régimen autoritario llegue al poder o se entronice en él. De modo que vivimos en un mundo en el que no basta con apelar, como hicimos en el pasado, al espíritu de reconciliación, o a la participación del pueblo en un régimen, y huelga decir que un término como 'democracia popular' parece inconcebible.El tercer aspecto, que abordaré brevemente, es que el triunfo de este tipo de individuación es el rasgo distintivo verdaderamente cultural de nuestro tiempo y una nueva manzana de la discordia en el seno de la comunidad. La cuestión es, sin duda, la individuación. Hace unos años, el filósofo Jean-François Lyotard encontró un gran eco cuando habló del final de las grandes ideologías históricas, las ideologías del liberalismo, el socialismo y, sin duda, de otras. Creo que Lyotard sólo acertó a medias, porque si bien es cierto que asistimos al ocaso de las grandes ideologías históricas, éstas han sido reemplazadas por el reconocimiento de la vida de los individuos como ideología, y hablo aquí de formulaciones que han alcanzado popularidad, especialmente las de Alistair MacIntyre y Paul Ricoeur. Todos intentamos individual y colectivamente, hacer de nuestras vidas una narrativa, es decir, darles un sentido. Intentamos darle importancia a cada acción en relación a la construcción del significado general de la autorreferencia de las vidas individuales. Todos compartimos la conciencia de la individuación. Nuestros esfuerzos ya no se centran, en ningún caso, en la supremacía de la razón, en el desarrollo de un sentido de la historia o en el cumplimiento de la voluntad divina, aunque hay quienes observen esta definición de valores en una determinada sociedad. Todas estas formulaciones están hoy en día subordinadas al esfuerzo de garantizar a los individuos y a las comunidades la libertad para construir el sentido de su propia existencia.Sin embargo, es precisamente en torno a este punto que surgen los principales conflictos. Los conflictos de nuestro tiempo no versan sobre la propiedad de los medios de producción sino sobre la apropiación de la individuación. Hay quienes piensan que ser un individuo significa liberarse de las garras de determinadas identidades de grupo, y gozar de las bondades del consumo y la comunicación. Para ellos, el punto cúlmine de la individuación consiste en responder a las demandas y necesidades que se expresan en el mercado, o incluso fuera del mercado. Otros piensan que consiste en permitir a cada individuo y comunidad que no se le identifique en términos de factores externos, por el mercado ni por los amos del mercado, y permitir a cada cual construir su propia experiencia combinando, como he planteado, la memoria con el juicio, las referencias a la identidad colectiva con el desarrollo de las aspiraciones individuales. El campo de batalla, y el lugar donde se encuentran las soluciones y se inauguran los procesos de institucionalización, ya no es la nación o la humanidad. Es el individuo, y aquello a que aspiramos en la actualidad son formas de vida comunitaria que permitan a todos, en la medida de lo posible, ejercer su capacidad para definirse a sí mismos como sujetos. Podría mencionar, por ejemplo, una idea tan sencilla e importante como la que brindaba John Rawls en un libro publicado recientemente, Political Liberalism. Aquello que llamamos democracia, dice Rawls, no es sino conseguir que personas con diferentes creencias y convicciones vivan juntas, es decir, acogidas a las mismas leyes. Esto significa que la ley de la mayoría debe permitir la existencia de un espacio donde se respeten las minorías; la afirmación de la identidad debe coexistir junto al reconocimiento del otro. Esto es mucho más que tolerancia, es la célebre 'política de reconocimiento' de Charles Taylor.Esto supone reconocer que la democracia no es el 'poder para el pueblo'. No es, como diría Claude Lefort, una cuestión de sentar a otra persona en el trono sino de eliminar el trono, de abolirlo, y también abolir el centro, y ampliar todo lo posible la gestión de la diversidad. Nuestra imagen de la democracia es una imagen antijacobina. Es el reconocimiento del otro y el reconocimiento de la diferencia en la comunidad, tanto en lo que concierne a las leyes como a las orientaciones culturales. He ahí la definición de lo que buscamos.No se trata de una mera cuestión de procedimientos, ni siquiera en el sentido más noble de la palabra. Me gustaría llamarla, con Marcel Mauss, la recomposición del mundo. Durante mucho tiempo, especialmente en Europa, se creía que la modernidad exigía hacer tabula rasa, que era algo revolucionario y que se debería abolir el pasado. ¡Acabar con el pasado! Las cosas nuevas se construyen con lo nuevo, tal era la idea tradicional de desarrollo. Ahora sabemos que siempre se construyen cosas nuevas con otras viejas, y que la modernidad no consiste en borrar el pasado, sino en incorporar todo lo posible del pasado en todo lo posible del futuro. En Europa, al comienzo de la revolución industrial, en los años en que Watt desarrollaba su motor a vapor, comenzaban también las primeras excavaciones arqueológicas a gran escala. Y sólo después de la Revolución Francesa el conjunto de Europa ingresó en la era de la modernidad política, y fue entonces que por primera vez las catedrales góticas fueron reconstruidas y admiradas. El signo más seguro de que nuestros países entraban en la era de la modernidad era su interés por el pasado. En la actualidad en París, que se ha querido modernizar, en los últimos 20 años se ha creado un conjunto de grandes museos.El museo es una de las instituciones más modernas porque representa el lugar (y pienso en museos tan sobresalientes como el que construyó De Mesnil en Texas) donde encontramos una pluralidad de culturas, donde reconocemos los valores de culturas que no podemos comprender en profundidad, porque no conocemos lo suficiente acerca de Oceanía, los aztecas, el arte medieval, la Grecia antigua o el arte chino o indonesio del mismo periodo. A la vez, pensamos que es esencial instaurar el diálogo con otras culturas. Esto quiere decir que reconocemos que todas las culturas representan el esfuerzo de aunar racionalidad e identidad, o, como afirmaba Auguste Comte, orden y progreso.Quisiera terminar con esta idea. Creo que debido al hecho de que no adoptamos la perspectiva historicista o evolucionista que predominaba a finales del siglo XIX, lo que ahora buscamos es prácticamente lo mismo que aquel sueño del siglo XVIII, en tiempos de Kant. Se trata de recuperar el sentido de la paz, y el sentido de la unidad de un mundo que no debe estar dividido. Creo que estamos viviendo una división mucho más profunda y fundamental del mundo que la que vivió Europa en el siglo XIX. Por lo tanto, antes que nada deberíamos intentar reconstruir aquello que se ha separado y trabajar por la reconciliación.Hace unos años, mientras se preparaban para un plebiscito de vital importancia, los sociólogos chilenos llevaron a cabo unas investigaciones, y llegaron a la conclusión de que la gente deseaba la reconciliación, la reconstrucción de un sentimiento de ciudadanía que disminuyera las distancias sociales, culturales y políticas, de modo que se recuperara el sentido de pertenencia a un mismo conjunto, en una corresponsabilidad con el mundo. Es lo mismo que hoy dicen los ecologistas. Junto a otros grupos sociales, las mujeres tal vez con más insistencia que los hombres, nos han dicho que la igualdad también supone el reconocimiento de la diferencia y la identidad.Estos son nuestros problemas, a saber, la ruptura de los vínculos institucionales, sociales y culturales, la liberación del individualismo, la liberación del placer, la felicidad y la individuación. Al mismo tiempo, asistimos a la proliferación de conflictos a nivel global, nacional, local e individual, entre interpretaciones contradictorias de esa individuación. Debido al hecho de que estos problemas son más culturales que sociales, todos contamos con el compromiso de vuestra reflexión y con las iniciativas de UNESCO para alcanzar el progreso tan urgente y necesario en su consideración, análisis y solución.Traducido del francésNota* Discurso de apertura leído ante la Primera Reunión Provisional del Intergovernmental Council of the Management of Social Transformations Programme (MOST), París 7-10 de marzo de 1994.

Jürgen Habermas

VENTANA A LA LITERATURAY LA FILOSOFIA ALEMANA

¿Aprendemos de las catástrofes? Diagnóstico y retrospectiva de nuestro breve siglo XX es un ensayo que Jürgen Habermas leyó hace algunos años en la Universidad de Magdeburgo. En su brillante trayectoria intelectual, Habermas ha tocado todos los temas de nuestro tiempo, sus libros son la mejor prueba: El espacio público, Conocimiento e interés, La ciencia y la técnica como ideología, La lógica de las ciencias sociales, Cultura y política, Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, Teoría de la acción comunicativa, El discurso filosófico de la modernidad, La herencia de Hegel, Perfiles filosófico-políticos, El pensamiento postmetafísico, El discurso del Derecho: facticidad y validez. En ¿Aprendemos de las catástrofes? Habermas ensaya su teoría del siglo XX. Sus lectores pueden sorprenderse de la polémica con la idea de la globalización y el neoliberalismo, de su imaginación utópica: el proyecto kantiano de la solidaridad civil universal y la apasionada defensa del Estado social. Este ensayo nos revela a un Jürgen Habermas no sólo atento a la quiebra del Estado nacional, sino a todos los problemas políticos internacionales y a los nuevos movimientos políticos y sociales. Habermas es, sin duda, uno de los intelectuales más destacados de nuestro tiempo.

NUESTRO BREVE SIGLO

Por Jürgen Habermas

Nota y traducción de José María Pérez Gay

I. Las continuidades poderosas

El umbral del próximo siglo atrapa nuestra imaginación porque nos lleva a un nuevo milenio. Este corte del calendario se debe a una cronología construida por una historia providencial, cuyo punto cero es el nacimiento de Cristo que, desde esa perspectiva, significó una interrupción en la historia universal. Al final del segundo milenio los planes de vuelo de las compañías aéreas internacionales, las transacciones globales de las bolsas de valores, los congresos mundiales de los científicos, más todavía, los encuentros en el espacio sideral, se ordenan de acuerdo con la cronología cristiana. Pero estas cifras redondas, producto de la división de un calendario, no explican los nudos temporales que son los mismos acontecimientos históricos. Cifras como 1900 ó 2000 carecen de significado si las comparamos con los datos históricos de 1914, 1945 ó 1989. Pero, sobre todo, los cortes del calendario ocultan la continuidad de las tendencias —que vienen de muy atrás— de una modernidad social, que pasarán intocadas el umbral del siglo XXI. Antes de abordar la propia fisonomía del siglo XX quisiera recordar las tendencias de larga duración que han recorrido el siglo, tomando el ejemplo de (a), el desarrollo demográfico, (b) los cambios en el mundo del trabajo y (c) el currículum del progreso científico y técnico.
A) Desde principios del siglo XIX comenzó en Europa un crecimiento vertiginoso de la población como consecuencia directa del progreso en la medicina. Desde mediados de nuestro siglo, este desarrollo demográfico —que mientras tanto se detuvo en las sociedades prósperas— ha continuado en el Tercer Mundo de manera explosiva. Los expertos no cuentan con un equilibrio antes del año 2030, con una población de diez mil millones de seres humanos. Vale decir, a partir de 1950 la población mundial se ha quintuplicado. Detrás de esta tendencia estadística se oculta, en efecto, una fenomenología rica en cambios.
A principios de nuestro siglo, el crecimiento explosivo de la población era percibido por sus contemporáneos como un fenómeno de masas. Pero aun entonces este fenómeno no era muy nuevo. Antes de que Gustave LeBon se interesara por la psicología de las masas, la novela del siglo XIX describió la concentración masiva de individuos en las ciudades y en los barrios, en las fábricas, las oficinas y los cuarteles, así como también la movilización masiva de trabajadores y emigrantes, de manifestantes, huelguistas y revolucionarios. No obstante, a principios del siglo XX por primera vez esas corrientes, organizaciones y acciones masivas se condensaron en fenómenos hegemónicos que dieron lugar a la visión, por ejemplo, de José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas. En las movilizaciones masivas de la Segunda Guerra mundial, en la miseria masiva de los campos de concentración, así como en las migraciones masivas de fugitivos y en el caos masivo de las displaced persons se despliega un colectivismo que se había anunciado en la imagen del Leviathan de Thomas Hobbes. En esa imagen, los innumerables individuos anónimos se han fundido en un macrosujeto todopoderoso y colectivo. Sin embargo, desde la mitad de este siglo se ha transformado la fisonomía de las grandes cifras. La presencia de miles de cuerpos reunidos y aprisionados en una marcha constante se ha transformado en la inclusión simbólica de la conciencia de muchos individuos en las redes de comunicación cada vez más amplias y abarcantes. Las masas concentradas se convierten en el público disperso de los medios masivos de comunicación. Las corrientes físicas de tráfico van en aumento: las redes electrónicas y sus puertos o conexiones individuales han transformado en un anacronismo a las masas reunidas en las calles y las plazas. En efecto, el cambio de la percepción social ya no se explica por la continuidad del crecimiento demográfico.
B) De igual modo se han llevado a cabo los cambios en el mundo del trabajo, en ritmos largos que trasponen el umbral de nuestro siglo. La introducción de métodos de producción que ahorran trabajo, vale decir: el aumento de la productividad es el motor de este desarrollo. A partir de la revolución industrial en la Inglaterra del siglo XVIII, la modernización de la economía ha seguido la misma secuencia. La masa de la población trabajadora que desde hace siglos laboraba en el campo se desplaza primero al sector secundario, la industria productora de bienes, luego al sector terciario, el del comercio, el transporte y los servicios. Mientras tanto las sociedades postindustriales han desplegado un cuarto sector, el del conocimiento, que domina muchas actividades y sectores, como las industrias high-tec, los bancos o la administración pública, que dependen de la afluencia de nuevas informaciones y, en el último tiempo, de investigaciones y avances en los sistemas de la informática. Todo esto se debe sin duda a una "revolución en el sistema educativo" que no sólo suprime el analfabetismo, sino que lleva también a una drástica ampliación de los sectores secundarios y terciarios. Mientras la educación superior perdía su carácter elitista, las universidades se convirtieron a menudo en los centros de la rebelión y del descontento político.
En el transcurso del siglo XX este modelo no ha cambiado, pero su tempo ha venido acelerándose. Desde principios de los años sesenta, Corea dio el salto de una sociedad preindustrial a una sociedad postindustrial, bajo las duras condiciones de una dictadura del desarrollo y en los años de una sola ronda generacional. Esta aceleración explica que un proceso tan conocido como la migración del campo a la ciudad haya adquirido, en la segunda mitad del siglo XX, una nueva y sorprendente cualidad. Dejando a un lado a China y al continente africano —del Sahara hacia abajo—, el violento salto productivo de la economía agraria mecanizada casi ha despoblado al sector agrario. En los países de la OCDE, la población activa en una economía agrícola altamente subvencionada alcanzó la histórica cifra de -10%. En la experiencia del mundo de la vida corriente esto significa una profunda ruptura con el pasado. Desde el neolítico hasta muy avanzado el siglo XIX la vida en las aldeas o los pueblos imprimió, sin duda, el mismo sello a todas las culturas, y se ha convertido ahora en una trampa dentro las sociedades industriales. La decadencia del campesinado ha transformado de raíz la relación tradicional del campo con la ciudad. Más del 40% de la población mundial vive hoy en las ciudades. Este proceso de metropolización destruye la ciudad misma, esa forma de vida urbana que se originó en la antigua Europa. Aunque la ciudad de Nueva York, el núcleo mismo de Manhattan, nos recuerde de modo incierto al Londres y al París del siglo XIX, las desbordadas regiones urbanas de la Ciudad de México y de Tokio, de Calcuta y Sao Paulo, de El Cairo y Seúl o Shangai han destruido para siempre las dimensiones comunes de "La Ciudad". Los desvanecidos perfiles de estas megalópolis que se multiplican desde hace dos o tres decenios nos dan la idea de una realidad que no entendemos y cuyos conceptos nos faltan.
C) Por último, una tercera continuidad es la cadena que forma el progeso científico y técnico y sus definitivas consecuencias sociales que avanzan a través de los siglos. Las nuevas materias primas y formas de energía, las nuevas tecnologías industriales, militares y médicas, los nuevos medios de transporte y comunicación que durante el siglo XX transformaron la economía, así como las formas de vida y del intercambio social, se debieron al conocimiento científico y los desarrollos técnicos del pasado. Los éxitos de la técnica, como el dominio de la energía atómica y los viajes al espacio, las innovaciones, como el descubrimiento del código genético, y la introducción de tecnologías genéticas en la agricultura y la medicina transforman nuestra conciencia del riesgo, nuestra misma conciencia moral. No obstante, esas conquistas espectaculares permanecen dentro de los mismos caminos trazados desde hace mucho tiempo. A partir del siglo XVII no ha cambiado nuestra actitud instrumental ante una naturaleza tranformada por la ciencia. Aun cuando nuestra intervención en la estructura misma de la materia sea más profunda que antes y nuestros avances en el cosmos más insólitos que nunca, no ha cambiado tampoco el modo del dominio técnico, la decodificación de los procesos naturales.
La vida diaria saturada de tecnologías exige de nosotros los legos, como siempre, un trato trivial con aparatos y sistemas que no entendemos, una confianza habitual en el funcionamiento de técnicas y redes de transmisión que ignoramos. En sociedades altamente industrializadas, todo experto se convierte en un lego frente a otros expertos. Max Weber había descrito ya la "ingenuidad secundaria" que nos domina cuando manejamos el radio de transistores, el teléfono celular, las calculadoras de bolsillo, los videocasettes y sus reproductoras o las computadoras portátiles. Quiero decir, la manipulación de aparatos electrónicos conocidos cuya fabricación resume el conocimiento acumulado de varias generaciones de científicos. A pesar de las reacciones de pánico ante el anuncio de desperfectos y peligros de estas técnicas y aparatos, la inclusión de lo que no entendemos en el mundo de nuestra vida diaria apenas se ha visto amenazada, en algunos momentos, por la duda que nutren los medios masivos de comunicación acerca de la confiabilidad del conocimiento de los expertos y de la gran tecnología. La creciente conciencia del riesgo no perturba la rutina diaria.
El perfeccionamiento de las técnicas de comunicación y tránsito tiene una importancia muy distinta para el cambio a largo plazo del horizonte de nuestra experiencia cotidiana. Los viajeros que emplearon, en 1830, los primeros ferrocarriles habían narrado ya sus nuevas percepciones del espacio y el tiempo. En el siglo XX, el automóvil y la aviación civil aceleraron todavía más el tráfico de personas y el transporte de bienes de consumo y redujeron también —de modo subjetivo— las distancias. Nuestra conciencia del tiempo y el espacio ha sido transformada de otro modo por las nuevas técnicas de transmisión, acumulación y procesamiento de datos e informaciones. En la Europa de fines del siglo XVIII la impresión de libros y periódicos contribuyó al nacimiento de una conciencia histórica global y dirigida al futuro. A fines del XIX, Nietzsche se lamentaba del historicismo de una élite ilustrada que todo lo convertía en presente. Mientras tanto, la separación entre el presente y un conjunto de pasados, que nuestra vista cosifica, se ha apoderado de las masas de turistas ilustrados. El periodismo masivo es también resultado del siglo XIX; pero el efecto "máquina del tiempo" que producen los medios impresos se ha incrementado por la fotografía, el cine, el radio y la televisión. La distancias espacio-temporales ya no se "superan": desaparecen sin dejar huella en la presencia ubicua de realidades virtuales. La comunicación digital supera finalmente a todos los otros medios en alcance y capacidad. Cada vez más individuos pueden obtener más rápido cantidades diversas de información, procesarlas e intercambiarlas simultáneamente a través de grandes distancias. Todavía no podemos apreciar las consecuencias intelectuales de Internet, que se opone de modo más decisivo a las costumbres de nuestra vida diaria que un nuevo aparato electrodoméstico.

II. Dos rostros del siglo

Las continuidades de la modernidad social que atraviesan el calendario del siglo nos enseñan de modo insuficiente lo que caracteriza al siglo XX. Por esta razón, los historiadores rigen la puntuación de sus narraciones más de acuerdo con los sucesos que con los cambios de tendencias o de estructuras. El rostro de un siglo va tomando forma por la irrupción de grandes acontecimientos. Entre los historiadores que todavía están dispuestos a pensar en grandes unidades existe hoy un consenso: al "largo" siglo XIX (1789-1914) le ha sucedido un "breve" siglo XX (1914-1989). El comienzo de la Primera Guerra mundial y el desmoronamiento de la Unión Soviética dan el marco a este antagonismo que atraviesa dos guerras mundiales y la guerra fría. Esta puntuación deja espacio, sin duda, para tres diferentes interpretaciones, de acuerdo con el mundo donde se sitúe al antagonismo: en el espacio de la economía de los sistemas sociales, en el de la política de las superpotencias o en el espacio cultural de las ideologías. La elección de esos puntos de vista hermenéuticos está determinada desde luego por la lucha de las ideas que han dominado el siglo.
En la actualidad la guerra fría continúa con los medios del trabajo historiográfico, no importa si la Unión Soviética desafía al Occidente capitalista (Eric Hobsbawm) o si el Occidente liberal lucha contra los regímenes totalitarios (François Furet). Ambas interpretaciones explican de uno o de otro modo un hecho: sólo los Estados Unidos salieron fortalecidos de ambas guerras en el mundo de la economía, de la política y de la cultura, más aún: son la única superpotencia que ha sobrevivido a la guerra fría. Este resultado le ha dado al siglo el nombre de los Estados Unidos. La tercera lectura es menos clara. Mientras se use el concepto de "ideología" en un sentido neutral detrás del título "la época de las ideologías" (Hildebrand) se esconde sólo una variante de la teoría del totalitarismo: la lucha del régimen refleja la lucha de las concepciones del mundo. El mismo título señala en otros casos la perspectiva —que Carl Schmitt definió— de una guerra civil universal: a partir de 1917 chocaron los grandes proyectos utópicos de la democracia y de la revolución universales —con Wilson y Lenin como sus representantes mayores (Ernst Nolte)—. Según esta crítica de la ideología —cuya filiación de derecha salta a la vista— la historia contrae el virus de la filosofía de la historia y se extravía de tal forma que sólo a partir del año de 1989 vuelve sobre las vías de las historias nacionales.
Desde cada una de estas tres perspectivas, el siglo XX obtiene su propio rostro. Según la primera lectura, el más grande experimento político que se haya llevado a cabo con seres humanos desafía y no le da tregua al sistema capitalista internacional. La industrialización coercitiva bajo los más crueles sacrificios le permitió a la Unión Soviética el ascenso político a una superpotencia, pero no le aseguró una base económica ni una política social superior —o cuando menos una alternativa de sobrevivencia— al modelo del capitalismo occidental. Según la segunda lectura, el siglo XX trae los rasgos oscuros de un totalitarismo que suspende el proceso civilizatorio iniciado con la Ilustración, destruye la esperanza de domesticar el poder del Estado y el proyecto de humanizar la convivencia social entre los individuos. La violencia totalitaria de las naciones que hacen la guerra traspasa los límites del derecho internacional del mismo modo implacable en que la violencia terrorista de los partidos únicos dictatoriales neutraliza en el interior las garantías constitucionales. Mientras desde esta perspectiva luz y sombra se reparten por igual entre las fuerzas totalitarias y sus enemigos liberales, según la tercera lectura —una lectura postfascista— nuestro siglo se encuentra bajo la sombra de una cruzada ideológica entre partidos, si no de la misma importancia, sí de una mentalidad semejante. Ambas partes libran un combate —concepciones del mundo antagónicas— entre distintos programas de filosofía de la historia, cuya fuerza fanática se debe a sus proyectos religiosos originales disfrazados de fines seculares.
En todas estas versiones aparecen los rasgos oscuros de un siglo que "inventó" las cámaras de gas y la guerra total, el genocidio bajo el mandato del Estado y los campos de exterminio, el lavado de cerebro, el sistema de la seguridad del Estado y la vigilancia panóptica de pueblos enteros. Este siglo "produjo" sin duda más víctimas, más soldados caídos, más ciudadanos asesinados, más civiles ejecutados y minorías expulsadas, más personas torturadas, violadas, hambrientas y congeladas, más prisioneros políticos y fugitivos de lo que nadie nunca habría imaginado. La violencia y la barbarie determinan el signo de la época. De Horkheimer y Adorno hasta Braudriard y Zygmunt Baumann, de Heidegger hasta Foucault y Derrida, los rasgos totalitarios del siglo se han convertido en un instrumento de los mismos diagnósticos. Pero a estas interpretaciones negativas —que se dejan atrapar por el horror de las imágenes— se les escapa el reverso de las catástrofes.
En efecto, los pueblos que participaron y fueron afectados necesitaron decenios para llegar a ser conscientes de la dimensión de ese terror que se advirtió primero de un modo insensible y apático: el holocausto que culmina en el exterminio metódico de los judíos europeos. Aunque primero se le reprimió y desapareció de la conciencia, este shock liberó energías y, más tarde, convicciones que en la segunda mitad del siglo localizaron la geografía del terror. Para las naciones que llevaron al mundo, en 1914, a una guerra de insólitos despliegues tecnológicos, y para los pueblos que después de 1939 reconocieron los crímenes masivos de una lucha de exterminio ideológica, el año de 1945 señala un gran viraje. Un viraje hacia una situación mejor, hacia la domesticación de las fuerzas de la barbarie que florecieron, en Alemania por ejemplo, en el suelo mismo de la civilización. ¿No aprendimos nada de las catástrofes de la primera mitad del siglo?
La división del breve siglo XX en capítulos contrae el periodo de las dos guerras mundiales con el periodo de la guerra fría y sugiere la continuidad de una guerra incesante de los sistemas, de los regímenes y las ideologías por más de setenta y cinco años. Sin embargo, aquí desaparece el significado del acontecimiento que representa un parteaguas histórico, pues no sólo dividió al siglo XX desde la perspectiva cronológica, sino también económica, política y, sobre todo, normativa. Me refiero a la derrota del fascismo. Las fuerzas liberales, de izquierda y revolucionarias sociales se reunieron por primera vez en España para defender la República. Por las características de la guerra fría se olvidó muy pronto el significado ideológico de la alianza de las potencias occidentales con la Unión Soviética, una alianza que luego apareció como "antinatural". Pero el triunfo y la derrota de 1945 descalificaron por mucho tiempo esos mitos que, desde fines del siglo XIX, se lanzaron en amplios frentes contra la herencia de la revolución de 1789. La victoria de los aliados puso no sólo las condiciones necesarias para el desarrollo democrático de la República Federal de Alemania, de Japón y de Italia, sino también de España y Portugal. Todas las legitimaciones —por lo menos las que de manera verbal le rindieron tributo al espíritu de la ilustración política— perdieron entonces el suelo de la realidad.
Un cambio de clima tuvo lugar, después de 1945, en el invernadero de las ideas. Sin él no habría tenido lugar la única, indudable, innovación cultural del siglo: la revolución de las artes plásticas, la arquitectura y la música. Después de 1945 el arte alcanzó una validez universal, se habló entonces en la forma del pasado de la "modernidad clásica". El arte vanguardista había creado hasta principios de los años treinta un repertorio de formas y técnicas nuevas e insólitas con las que el arte internacional, en la segunda mitad del siglo, siempre experimentó sin trascender nunca el horizonte de sus posibilidades creativas. Quizá Martin Heidegger y Ludwig Wittgenstein fueron los únicos dos filósofos que lograron escribir una obra tan original, y tener una influencia histórica tan decisiva, como la del arte vanguardista de los treinta; por cierto, ambos escribieron su obra al mismo tiempo, y ambos se apartaron del espíritu de la modernidad.
Sea como fuere, el cambio en el clima cultural constituyó el fondo de tres tendencias políticas que, desde el periodo de la postguerra hasta los años ochenta, cambiaron también el rostro de nuestro siglo: a) la guerra fría; b) la descolonización; c) la construcción del Estado de bienestar social en Europa.
A) La espiral de la carrera armamentista, tan grandiosa como exhaustiva, mantuvo a las naciones amenazadas en el terror; pero el cáculo enloquecido de un equilibrio del terror —MAD era la irónica abreviatura de "mutually assured destruction"— evitó como sea el comienzo de una guerra caliente. La posibilidad de que las superpotencias enloquecieran y rompieran el pacto —el acuerdo racional entre Reagan y Gorbachov en Reikiavik señaló el final de la carrera armamentista— nos hace ver retrospectivamente a la guerra fría como un proceso de autodominio —lleno de riesgos— y de alianzas entre países con armas nucleares. De igual modo puede describirse la pacífica implosión de un imperio mundial —la Unión Soviética—, cuyos gobernantes reconocieron la ineficacia de un modo de producción —supuestamente superior— y la derrota en la lucha económica, en lugar de desviar hacia el exterior los conflictos internos y transformarlos en aventuras militares
B) La descolonización tampoco fue un solo proceso lineal. En retrospectiva, las antiguas potencias coloniales sólo libraron combates en la retaguardia. Los franceses se defendieron inútilmente en Indochina contra los movimientos de liberación nacional; en 1956, los británicos y los franceses fracasaron en su aventura del canal de Suez; en 1975, los Estados Unidos pusieron fin a su intervención en Vietnam, una guerra —con enormes pérdidas humanas— de diez años. El año de 1945 no sólo se derrumbó el imperio del Japón derrotado, en el mismo año surgieron Siria y Libia como países independientes. En 1947, los británicos se retiraron de la India; al año siguiente, nacieron Burma, Israel, Indonesia y Sri Lanka. Más tarde lograron su independencia las regiones del Islam occidental, desde Persia hasta Marruecos, poco a poco los países del Africa central y, por último, las colonias restantes en el sudeste asiático y en el Caribe. El fin del apartheid en Sudáfrica y el regreso de Hong Kong y Macao a China clausuraron un proceso que, por lo menos formalmente, destruyó la dependencia de los pueblos coloniales. Al mismo tiempo estos flamantes países, muchas veces divididos por guerras civiles, conflictos culturales y luchas tribales, fueron aceptados como miembros con los mismos derechos en la Asamblea General de las Naciones Unidas.
C) La tercera tendencia revela una ventaja inequívoca. En las democracias prósperas y pacíficas de Europa occidental —y en menor escala en los Estados Unidos y en otros países— surgieron economías mixtas que permitieron la continua ampliación de los derechos civiles y, por primera vez, una efectiva realización de derechos sociales fundamentales. Entre principios de los años cincuenta y principios de los setenta, el explosivo crecimiento económico mundial, la cuadruplicación de la productividad industrial y el aumento diez veces mayor del comercio internacional incrementaron a su vez las desigualdades entre las regiones pobres y ricas. Los gobiernos de los países de la OCDE, que en esos dos decenios contribuyeron con tres cuartos de la producción mundial y el 80% del comercio internacional, aprendieron tanto de las experiencias catastróficas del periodo de entre las dos guerras, que se propusieron una política económica inteligente, volcada hacia la estabilidad interna, con tasas de crecimiento relativamente altas, construyendo y ampliando un impresionante sistema de seguridad social. En las democracias masivas con un Estado de bienestar social, la forma económica altamente productiva del capitalismo se controló como nunca antes por la sociedad, y se concertó más o menos con la idea democrática de los Estados constitucionales.
Estas tres tendencias son, desde la perspectiva de un historiador marxista como Eric Hobsbawm, razón suficiente para celebrar los decenios de la postguerra como una "época dorada". Sin embargo, a partir de 1989 la opinión pública percibió el final de esta época. En los países donde el Estado de bienestar social era considerado, por lo menos en retrospectiva, como una conquista política y social, la resignación ejerce su dominio. El fin del siglo se encuentra bajo el signo de un Estado de bienestar social y un capitalismo controlado en peligro, así como la inminente resurrección de un neoliberalismo implacable. Hobsbawm narra, con el tono de un escritor de la decadencia del imperio romano, esa atmósfera melancólica y desconsolada donde sólo se escucha la estridente música tecno:
El corto siglo XX termina con problemas para los que nadie tiene una solución, ni parece tenerla. Mientras los ciudadanos del fin de siglo se abrieron un camino a través de la niebla global rumbo al tercer milenio, sólo sabían con certeza que una época histórica llegaba a su fin. No sabían mucho más que esto.
Los antiguos problemas de la paz y de la seguridad internacional, de las desigualdades económicas entre Norte y Sur, así como el peligro de los desequilibrios ecológicos eran desde entonces de naturaleza global. Todos se complican ahora por otro problema, hasta ahora desconocido, que cubre a los demás. Si en el proceso de globalización del capitalismo hay un golpe más, esta vez definitivo, se limitará también la capacidad de acción de ese grupo selecto de Estados que, al contrario de los Estados económicamente dependientes del Tercer Mundo, habían logrado conservar una relativa independencia. La creciente globalización económica significa el desafío más importante para el orden social y político de la Europa surgida de la postguerra. Una salida podría consistir en que la fuerza reguladora de la política hiciera crecer de nuevo a los mercados que escaparon al control de los Estados nacionales. ¿O la falta de una orientación iluminadora en el diagnóstico de la época nos enseña que sólo podemos aprender de las catástrofes?

III. ¿El fin del Estado de bienestar social?

Ironías de la historia. Las sociedades desarrolladas enfrentan a fines del siglo la vuelta de un problema que, al parecer, creyeron haber solucionado bajo la presión de la lucha de los sistemas. El problema es tan antiguo como el capitalismo: ¿cómo aprovechar efectivamente el descubrimiento y la localización de mercados que se regulan a sí mismos, sin tener que cargar con las distribuciones desiguales y los costos sociales que han sido, a su vez, irreconciliables con las condiciones de integración de las sociedades liberales y democráticas? En las economías mixtas de Occidente, el Estado dispuso de una parte muy importante del producto social, y también de un espacio para transferencias y subvenciones, quiero decir: para una efectiva infraestructura y una política social y de ocupación. El Estado pudo afectar el marco de la producción y la distribución para también incidir en el crecimiento, la estabilidad de los precios y el empleo. Dicho de otro modo: por una parte el Estado podía favorecer medidas que estimularan el crecimiento; por la otra, promover al mismo tiempo la dinámica económica y asegurar la integración social.
Dejando a un lado las enormes diferencias, el sector de la política social en países como los Estados Unidos, Japón y la República Federal de Alemania se extendió en los años ochenta. Sin embargo, desde entonces empezó un cambio de tendencia: el auge del rendimiento se redujo. Se dificultó el acceso a los sistemas de seguridad y aumentó el desempleo. La reforma y reducción del Estado de bienestar social ha sido la consecuencia inmediata de una política económica orientada hacia la oferta, que busca entre otras cosas una desregulación de los mercados, la reducción de las subvenciones, el mejoramiento de las condiciones de inversión, una política monetaria y fiscal antinflacionaria, así como la reducción de los impuestos directos, la privatización de empresas estatales y otras medidas semejantes.
La liquidación del Estado de bienestar social tuvo, sin duda, una consecuencia directa: las crisis que había logrado detener resurgieron con más fuerza. Esos costos sociales dañaron la capacidad política de integración de una sociedad liberal. Los indicadores revelan de modo inequívoco un aumento de la pobreza, de la inseguridad social, de desigualdad de los salarios; todo esto resume las tendencias de la desintegración social.(1) El abismo entre los empleados, los subempleados y los desempleados aumenta cada día más. Con el aumento de los excluidos —del empleo, de la educación continua, de las subvenciones estatales, del mercado de la vivienda, de los recursos familiares—, surgen las subclases. Estos indigentes excluidos del resto de la sociedad ya no pueden dominar por sí mismos su propia condición social.(2) Sin embargo, una falta de solidaridad como ésta destruye a la larga toda cultura política liberal, cuyo proyecto universal es imprescindible para las sociedades democráticas. Por otra parte, los acuerdos mayoritarios —que cumplen todas las formalidades— muchas veces socavan la legitimidad de los procedimientos y las instituciones, porque sólo reflejan los miedos de los grupos amenazados con el descenso social, es decir, reflejan las atmósferas populistas de derecha.
Los neoliberales que reconocen y aceptan una gran cantidad de desigualdades sociales, y que están convencidos de la justicia inherente de los mercados financieros internacionales, evalúan esta situación de modo diferente a las personas que todavía defienden los principios de "la era socialdemócrata", porque saben que los derechos sociales no son sino una suerte de fajas de la ciudadanía democrática. Pero ambas partes describen el dilema de modo muy semejante. Sus diagnósticos terminan en un hecho: los regímenes nacionales han entrado en una aventura en la que nadie gana nada, una aventura donde las inevitables metas económicas se obtienen sólo a expensas de los fines políticos y sociales. En el marco de la globalización de la economía, los Estados nacionales sólo pueden mejorar su capacidad de competencia internacional si limitan su poder estatal de configurar los sectores sociales. Todo esto justifica las "políticas de desincorporación" que dañan seriamente la cohesión social y someten a una dura prueba la estabilidad democrática de la sociedad.
Ralph Dahrendorf llama a este dilema "la cuadratura del círculo": "Se trata de unir tres cosas sin conflictos: conservar y fortalecer la capacidad de competencia en el viento huracanado de la economía internacional; no sacrificar la cohesión social ni la solidaridad; y llevarlas a cabo bajo las condiciones y en las instituciones de una sociedad libre". En este ensayo no puedo intentar una descripción aceptable de este dilema, ni tampoco fundamentarla. Se podría resumir en dos temas: 1) Los problemas económicos de las sociedades prósperas se explican por la transformación estructural —que se resume con la idea de la globalización— del sistema económico internacional. 2) Esta transformación restringe a los Estados nacionales de tal forma en su capacidad de acción, que las opciones que les quedan no bastan para amortiguar las indeseables sacudidas de un mercado trasnacionalizado.
El Estado nacional cuenta cada vez con menos opciones. Dos de ellas han quedado excluidas: el proteccionismo y la vuelta a una política económica orientada a la demanda. Hasta donde los movimientos del capital pueden controlarse todavía, una política proteccionista dentro de las economías nacionales, bajo las condiciones de la globalización, tendría consecuencias inaceptables. Los programas estatales de empleo fracasan actualmente no sólo por el endeudamiento de los presupuestos públicos, sino también porque han dejado de ser efectivos dentro de los marcos nacionales. Bajo las condiciones de una economía globalizada, el "keynesianismo en un solo país" ya no funciona. En este contexto, tiene más perspectivas una política de previsión, inteligente y preocupada por la adaptación de las condiciones nacionales a las de la competencia global. Las medidas acreditadas siguen teniendo solvencia: una política industrial previsora, el incremento de la investigación y el desarrollo, es decir, de innovaciones futuras, la profesionalización de la fuerza de trabajo, el mejoramiento de la educación, así como una coherente flexibilidad en el mercado de trabajo. Estas medidas traen a mediano plazo ventajas dentro del país; sin embargo, no transforman las desventajas en la competencia internacional. Por donde quiera uno verla, la globalización de la economía destruye siempre la tradición histórica que hizo posible transitoriamente el compromiso del Estado de bienestar social. Aunque este compromiso no sea la solución ideal de un problema inherente al capitalismo, mantuvo siempre los costos sociales dentro de límites aceptables.
Hasta el siglo XVII, en Europa se formaron Estados que se caracterizaron por el dominio soberano de un territorio, y fueron muy superiores en su capacidad de control a las antiguas formaciones políticas como antiguos reinos o ciudades-Estado. El Estado moderno se distinguió del tráfico y del mercado económicos jurídicamente establecidos por ser un Estado administrativo específico. Al mismo tiempo era un Estado recaudador dependiente de la economía capitalista. En el transcurso del siglo XIX, ese Estado se constituyó como un Estado nacional con formas democráticas de legitimación. En algunas regiones privilegiadas, bajo las circunstancias favorables de la postguerra, se desarrolló un Estado nacional que se ha convertido, mientras tanto, en un ejemplo internacional. Me refiero a un Estado de bienestar social que logró reglamentar una economía nacional intocada en sus mecanismos de autocontrol. Esta eficaz combinación se encuentra amenazada por la globalización de una economía que escapa a las intervenciones de este Estado regulador. En las actuales dimensiones, las funciones del Estado de bienestar social sólo pueden cumplirse cuando pasan del Estado nacional a unidades políticas que se adelantan en cierta medida a una economía transnacionalizada.
IV. ¿Más allá del Estado nacional?
Por todo lo anterior es necesario revisar la construcción de las instituciones supranacionales. Así se explican las alianzas económicas continentales como el TLC o la APEC, que permiten acuerdos mayores —obligatorios y con bajas sanciones— entre los gobiernos. Las ganancias de la cooperación son más grandes que los proyectos más ambiciosos como la Unión Europea. Porque con los regímenes continentales surgen no sólo territorios donde la moneda se unifica y se reducen los riesgos del tipo de cambio, sino uniones políticas más considerables y con funciones jerárquicas muy definidas.
Por su estructura geográfica y económica más extensa, un régimen así llegará a obtener en el mejor de los casos ventajas en la competencia económica global y fortalecerá su posición ante los otros regímenes. La creación de uniones políticas más extensas lleva a alianzas defensivas ante el resto del mundo; pero no cambia el modo de la competencia económica local, ni significa tampoco un cambio en el curso de la adaptación al sistema transnacional de la economía, ni mucho menos al intento de modificar su influencia política.
Por otra parte, estas uniones políticas cumplen con la condición necesaria para recuperar el terreno perdido de la política ante las fuerzas de la globalización de la economía. Con cada nuevo régimen supranacional se reduce el club de los actores políticos muy selectos, los que tienen una capacidad de acción global, es decir: los que son capaces todavía de pactar cooperaciones.
¿Cuánto más difícil que la unión política de los Estados europeos es el proyecto de un orden económico mundial? En todo caso, cuando este orden no sólo sea el mercado que reglamentan el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, sino el espacio de la formación de una voluntad política mundial que asegure la obligación de las decisiones políticas. Ante la presión exagerada que ejerce la globalización de la economía sobre el Estado nacional se impone —en abstracto— una alternativa: la transferencia a instancias supranacionales de las funciones que los Estados sociales tienen en el marco nacional. Pero en esta dimensión falta un modo de coordinación política que pueda dirigir el tráfico internacional de los mercados ante consecuencias indeseables de tipo ecológico y social. En efecto, los 180 Estados soberanos están unidos por una red de instituciones más allá de las organizaciones de las Naciones Unidas. Aproximadamente 350 organizaciones gubernamentales —de las cuales más de la mitad fueron fundadas después de 1960— tienen funciones económicas, sociales y sirven para asegurar la paz. Pero todavía son demasiado débiles para tomar decisiones políticas obligatorias y, por lo tanto, hacerse cargo de funciones normativas determinantes en los territorios de la economía, la seguridad social y la ecología.
Nadie persigue por su gusto una utopía. Mucho menos ahora cuando todas las energías utópicas, al parecer, se han desgastado. No creo que mi diagnóstico de 1985 en torno a la crisis del Estado de bienestar social y el agotamiento de las energías utópicas haya perdido actualidad por la impredecible desaparición de la Unión Soviética. La idea de una política que rebase y deje atrás a los mercados ni siquiera se ha articulado como un proyecto; en este sentido, no existe en las ciencias sociales un esfuerzo conceptual digno de mención. Habría que diseñar ejemplos de un imaginable equilibrio de intereses de todos los participantes, para contar por lo menos con el perfil de las instituciones que se harían cargo del problema. La abstinencia de las ciencias sociales se entiende si partimos del hecho de que este proyecto debería legitimarse desde los intereses reales de los Estados y sus habitantes, y llevarse a cabo por fuerzas políticas independientes. Desde la interdependencia asimétrica entre los países desarrollados, neoindustriales y subdesarrollados, en una sociedad global estratificada aparecen intereses y contradicciones irreconciliables. Pero esta perspectiva seguirá existiendo mientras no logremos institucionalizar un procedimiento de formación de la voluntad política transnacional, que apremie a los actores —capaces de una acción global— a la ampliación de un global governance según sus preferencias y sus puntos de vista.
Los procesos de globalización no económicos nos han acostumbrado poco a poco a otra perspectiva: la limitación de los escenarios sociales, el mancomún de los riesgos y el encadenamiento de los destinos colectivos son cada vez más claros. Mientras el aceleramiento y la condensación del tránsito y la comunicación encoge y reduce las distancias espacio-temporales, la expansión de los mercados hasta las fronteras del planeta y la explotación de los recursos se topan con los límites de la naturaleza. El horizonte se ha contraído y no nos permite externar a mediano plazo las consecuencias de las acciones: podemos cada vez menos cargar a los otros los costos y los riesgos sin temer sanciones —a los otros sectores de la sociedad, a las otras regiones lejanas, a otras culturas o a las generaciones futuras—. Todo esto es evidente tanto en los riesgos ilimitados de la gran técnica como en la producción de los deshechos nocivos de las sociedades del bienestar, que amenazan todas las regiones del planeta. ¿Cuánto tiempo más podremos cargar a los sectores superfluos de la población trabajadora los costos sociales?
En efecto, nadie puede esperar de los gobiernos acuerdos internacionales y reglamentaciones que luchen contra esos peligros, como en las arenas nacionales se lucha por conseguir el apoyo y la reelección de sus candidatos, menos aún si se trata de actores políticos independientes. Cada uno de los Estados debe hacer todo esto perceptible en la política interior, sobre todo en los procedimientos de cooperación de una comunidad de Estados cosmopolita. La cuestión principal es la siguiente: si en las sociedades civiles y en los espacios públicos de gobiernos más extensos puede surgir la conciencia de una solidaridad cosmopolita. Sólo bajo la presión de un cambio efectivo de la conciencia de los ciudadanos en la política interior, podrán transformarse los actores capaces de una acción global, para que se entiendan a sí mismos como miembros de una comunidad que sólo tiene una alternativa: la cooperación con los otros y la conciliación de sus intereses por contradictorios que sean. Antes de que la población misma no privilegie este cambio de conciencia por sus propios intereses, nadie puede esperar de las élites gobernantes este cambio de perspectiva: de las relaciones internacionales a una política interior universal.
Un ejemplo alentador es la conciencia pacifista que, después de dos salvajes guerras mundiales, se ha articulado y, partiendo de las naciones que participaron en ellas, se ha extendido en muchas naciones del planeta. Sabemos que este cambio de conciencia no ha impedido las guerras locales, ni muchas guerras civiles en otras regiones del planeta. Pero como una consecuencia del cambio de mentalidad se han transformado tanto los parámetros de las relaciones entre los Estados, que la Declaración de los Derechos del Hombre de las Naciones Unidas condenó las guerras de agresión y los crímenes contra la humanidad y, de este modo, pudo superar el débil efecto normativo de reconocidas convenciones públicas. Es cierto: este cambio no es suficiente para lograr la institucionalización de procedimientos económicos internacionales de carácter relevante, prácticas y reglamentaciones que permitan la solución de problemas globales. Lo que falta es la urgente formación de una solidaridad civil universal (Weltbürgerliche Solidarität ) que tendría ciertamente una calidad menor a la solidaridad civil estatal dentro de los Estados nacionales. La población mundial se ha convertido, desde hace muchos años, en una comunidad de constantes riesgos involuntarios. Por esto no es imposible que, bajo la presión de ese avance histórico e inconmensurable de la abstracción, continuemos con el proceso que lleva de las dinastías locales a la conciencia nacional y democrática.
La institucionalización de procedimientos para conciliar intereses, su generalización y la construcción de intereses comunes no tendrá lugar bajo la forma (de ningún modo deseable) de un Estado universal. Deberá contar con la propia independencia, la propia voluntad y la cohesión de los antiguos Estados nacionales. ¿Pero cuál es el camino que nos lleva hacia allá? Thomas Hobbes se preguntaba: ¿cómo se pueden equilibrar las expectativas de la conducta social? En el proceso de globalización, la capacidad de cooperación de los egoístas racionales se encuentra rebasada. Las innovaciones institucionales no tienen lugar en sociedades —cuyas élites gubernamentales son capaces de tales iniciativas— si no encuentran antes la resonancia y el apoyo en las orientaciones valorativas reformadas de sus poblaciones. Por esta razón los primeros destinatarios de este proyecto no pueden ser los gobiernos, sino los movimientos sociales y las organizaciones no gubernamentales, es decir, los miembros activos de una sociedad civil que trasciende las fronteras nacionales. Sea como fuere, la idea nos lleva a pensar que la globalización de los mercados debe ser reglamentada por instancias políticas: las arduas relaciones entre la capacidad de cooperación de los regímenes políticos y la solidaridad civil universal (Weltbürgerliche Solidarität).
Notas
(1) W. Heitmayer: Was treibt die Gesellschaft auseinander? [¿Por qué se desintegra la sociedad?], Frankfurt, 1997.
(2) N. Luhmann: Jenseits der Barbarei [Más allá de la barbarie], Frankfurt, 1996